
Otro mundo mejor es posible, porque es necesario
Ante la injusticia social y la amenaza al Estado de Bienestar, brotaba la indignación en busca de nuevas formas de participación ciudadana. Se alzaron críticas contra el sistema judicial, oligarquías, corrupción, contra la clase política y formas de gobernar. La agresión de los “mercados” y vivir al dictado de los poderes financieros llevó de un estado de “malestar” a admirar la primavera árabe como acicate de incalculables consecuencias. Los del 15-M exigen reformas en el Estado mientras se busca un nuevo sujeto social, todavía sin nombre, pero que palpita en la emoción y en la controlada ira de los ciudadanos. Las cosas como los valores están ahí pero sólo el nombre los hace realidad.
Agotada la ciudadanía en los estragos de una indiferencia, resignación e individualismo demoledores, los movimientos ciudadanos se han abierto espacio en una sociedad anquilosada. Ya no es posible considerar a estos alzados ciudadanos como marginales, apolíticos, violentos o antisistema. Ellos denuncian que es el sistema el que está contra nosotros. El comportamiento en las acampadas, la respuesta a algunas intervenciones policiales y la resistencia ante descalificaciones desde diversos medios han legitimado este acontecimiento social que conmociona a los ciudadanos no sólo de España sino de otros muchos países.
Somos conscientes de que no tenemos que comenzar de cero como si no hubiera habido una transición desde la dictadura hasta una democracia con conquistas sociales y políticas. Pero que hace agua por la vertiente económica de un modelo de desarrollo injusto e inhumano. Porque un sistema democrático sin contrapoderes sociales es débil, y sin democracia económica, no es real. Sabemos que no hay economía legítima si no se propone como meta ayudar a crear una sociedad justa. Lo bueno es opción personal y grupal; lo justo es lo socialmente exigible, aquello que se puede universalizar.
El movimiento del 15-M supone la reivindicación de la democracia y la política como medios imprescindibles para dar respuesta a un sistema social gobernado por mercados financieros y por unas instituciones políticas inanes. La ciudadanía ha despertado ante el desempleo de cinco millones de personas, un sistema electoral injusto y con listas electorales cerradas, con una legislación fiscal obsoleta que facilita el fraude, con partidos políticos cosificados y con un clientelismo vergonzoso, con sindicatos que no se sostienen con las aportaciones de sus afiliados sino que dependen de los presupuestos del Estado. Al igual que las patronales que ya no actúan como lobbies sino a plena luz del día, con la desfachatez de echar miles de empleados a la calle mientras reparten 450 millones entre 140 ejecutivos. Telefónica y los bancos son algunos de tantos ejemplos que producen indignación.
Los poderes económicos son el cáncer en metástasis de corrupción, de control de las instituciones políticas, legislativas y judiciales. A diferencia de la política, los mercados creen que no necesitan responder ante la ciudadanía, solo responden ante sus accionistas e inversores y se creen legitimados por los beneficios. Se pretenden irresponsables al no tener que rendir cuentas.
Esta ciudadanía en pie se está organizando para actuar como contrapoder social ante un sistema político y económico corrupto y extraño a los signos de los tiempos.
José Carlos García Fajardo
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