
“No hemos luchado por un despotismo electivo, sino por un gobierno no sólo basado sobre principios libres, sino donde los poderes del gobierno se encuentren tan divididos y equilibrados por diversos cuerpos de magistratura que nadie pueda trascender sus límites legales sin verse efectivamente detectado y contenido por los otros. El dinero público y la libertad pública, que pretendían depositarse en tres ramas de la administración, pero inadvertidamente resultan estar en manos de una sola, pronto se descubrirán como fuente de riqueza y dominio para quienes los detentan, distinguidos adicionalmente por la tentadora circunstancia de ser instrumentos tanto como objetos del lucro. Una corrupción en esto, capturará la cabeza del gobierno y se diseminará por todo el cuerpo social; un tiempo en que comprará las voces del pueblo, y le hará pagar el precio”.
Veamos si la mayoría de las afirmaciones y alertas recogidas en estos fragmentos de Jefferson, no se podrían aplicar integramente a España:
1. Si no queremos atribuir malas intenciones a los legisladores que elaboraron nuestra Constitución, al menos habrá que reconocer que todos ellos eran “novatos” en el asunto y que, en cualquier caso, el tiempo ha demostrado que hay en ella “errores muy graves”:
“Esta Constitución se creó cuando aún éramos novatos e inexpertos en la ciencia del gobierno. Fue también la primera aprobada en todos los Estados Unidos. No debe asombrarnos que el tiempo y la práctica hayan descubierto defectos muy capitales en ella.”
2. Tenemos un gobierno despótico:
“Todos los poderes del gobierno -legislativos, ejecutivos y judiciales- recaen finalmente en el cuerpo legislativo. Concentrarlos en las mismas manos es precisamente la definición del gobierno despótico. No lo mitigará el hecho de que tales poderes sean ejercidos por una pluralidad de manos, en vez de serlo por una solamente. Ciento setenta y tres déspotas serán sin duda tan opresivos como uno solo. Que quienes dudan de ello vuelvan sus ojos hacia la república de Venecia. De poco nos servirá que los elijamos nosotros mismos.”
3. El despotismo es electivo, es decir, lo ejerce el poder Legislativo, aunque sea votado por los ciudadanos, pues es el que elige a los otros dos poderes: el Ejecutivo y el Judicial (Consejo General, Tribunal Supremo Y Tribunal Constitucional):
“No hemos luchado por un despotismo electivo, sino por un gobierno no sólo basado sobre principios libres, sino donde los poderes del gobierno se encuentren tan divididos y equilibrados por diversos cuerpos de magistratura que nadie pueda trascender sus límites legales sin verse efectivamente detectado y contenido por los otros. Por eso el pacto que aprobó la forma de gobierno sentó como base que los departamentos legislativos, ejecutivos y judiciales estuviesen separados y fuesen distintos, para que nadie pudiese ejercer los poderes de más de uno a la vez. Pero no se previó barrera alguna entre esos diversos poderes.
Los miembros judiciales y ejecutivos quedaron supeditados al legislativo en lo concerniente a su permanencia en el puesto, y algunos en lo concerniente a su continuidad allí. Pero si el legislativo asume poderes ejecutivos y judiciales no es probable que haya oposición, y no sería eficaz aunque la hubiese; pues en ese caso los legisladores podrían transformar sus resoluciones en normas de la asamblea, que serán obligatorias para las demás ramas. Y, en efecto, decidieron muchas veces derechos que deberían haberse entregado a la controversia judicial; y está pasando a ser habitual y familiar que dirijan el ejecutivo, durante todo el tiempo que dura su período de sesiones.”
4. La naturaleza humana es la misma en todas partes, y hay que prevenir la corrupción y la tiranía antes de que se propague por los poderes del Estado y en la propia sociedad civil. Cuando el Legislativo puede revisar y reformar la Constitución sin contar con los electores y los votos empiecen a ser comprados por la “generosidad” del Estado, sabremos que nuestro país se habrá adentrado por el camino hacia su extrema corrupción:
“La naturaleza humana es idéntica a ambos lados del Atlántico, y se verá influida parejamente por las mismas causas. El tiempo para precaverse de la corrupción y la tiranía es antes de que hayan hecho presa en nosotros. Es mejor mantener el lobo fuera del corral que confiar en ponerle bozal una vez dentro. Para hacer más convincente aún estas consideraciones debemos observar también que el legislativo ordinario puede alterar la propia constitución.
No debería dejarse engañar nuestra asamblea por la integridad de sus propios propósitos y sacar en conclusión que esos poderes ilimitados no serán nunca abusados porque sus miembros tienen otras intenciones. Deberían mirar hacia un tiempo, no distante, donde una corrupción en esto -como sucede en nuestro país de origen- capturará la cabeza del gobierno y se diseminará por todo el cuerpo social; un tiempo en que comprará las voces del pueblo, y le hará pagar el precio.”
Puesto que muchos aspectos denunciados por Jefferson respecto a la Constitución de Virginia, su Estado natal, y su relato de cómo se gestó la Unión tras la independencia de las colonias americanas, se podrían extrapolar a la transición de la dictadura a la monarquía en España, y a la forma en que se endilgó a los españoles la Constitución de 1978, sin previo período constituyente, es por lo que he estado publicando todos estos artículos del gran demócrata virginiano.
La traición a los principios de un gobierno libre y democrático, y la consiguiente corrupción política y social provocada por el despotismo introducido por todos los partidos, ha causado aquí los mismos estragos que causó en su día en Inglaterra y en prácticamente toda Europa.
Ojalá que sirvan para abrir los ojos de algunos lectores. Aunque, como es bien sabido, no hay peor ciego que el que no quiere ver.
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